Típicamente, cuando describimos la función de CEO, enseguida pensamos en cualidades como el liderazgo, la mentalidad estratégica o la capacidad de dirigir personas y a menudo nos vienen a la mente figuras carismáticas, como la de Jack Welch durante los 90s y 00s. Casi nunca se pone el foco en su habilidad como inversor, es decir para decidir de que manera se tiene que emplear el efectivo que genera cualquier compañía.
En el libro The Outsiders, el inversor William Thorndike se propuso analizar el caso de ocho altos directivos, menos conocidos que Welch, pero que durante sus mandatos habían obtenido resultados realmente extraordinarios. Nos referimos a retornos mucho mayores que el obtenido por Welch, que durante sus dos décadas al frente de General Electric logró triplicar el valor de la empresa respecto al S&P. La selección de Thorndike obtuvo la sorprendente cifra de 20x el resultado del índice. La pregunta era clara, ¿qué elementos explicaban estas importantes diferencias?
Al margen de los elementos más anecdóticos detrás de cada historia, el estudio tiene un enorme valor porque estos resultados se obtuvieron en mercados y circunstancias muy dispares (incluidos mercados en decrecimiento). Thorndike identificó un elemento presente en todas las historias: los CEOs habían sido unos excelentes inversores.
¿Qué queremos decir? A continuación, resumimos los principales atributos:
1. Orientaron su visión al largo plazo: su objetivo no era trimestral, ni anual, sino con un horizonte que en algunos casos alcanza varias décadas. Esto libera de la presión de tomar decisiones que, si bien pueden inflar la cuenta de resultados a corto plazo, ponen en peligro o limitan el crecimiento futuro.
2. Estos ocho grandes CEOs guiaron sus decisiones de inversión no por criterios contables, muchas veces sujetos a interpretaciones, sino a partir de la generación real de flujo de efectivo del negocio.
3. Además, todos estaban fuertemente invertidos en las compañías que dirigían y tuvieron un desempeño de sus funciones con mentalidad de propietario, mentalidad empresarial.
4. Otro elemento relevante es que, en todos los casos, destaca una cultura descentralizada –fiscalizar resultados, no gestión–, y frugal. En todos los casos vemos compañías con muy poca burocracia y sin gastos superfluos, cuidadosas con los costes y orientadas a obtener cada vez una mejor rentabilidad, no un mayor volumen.
5. Finalmente, compartían una visión clara en la manera cómo se emplea el capital del que dispone la empresa. Éste se puede utilizar para cinco grandes objetivos: (1) invertir en hacer crecer el negocio (si este crecimiento mantiene la rentabilidad), (2) adquirir otros negocios (operaciones corporativas), (3) repagar deuda, (4) recomprar acciones (si éstas están a un precio de cotización inferior al de su valor fundamental), y (5) pagar dividendos (poner el dinero en el bolsillo del accionista, si no hay alternativas mejores). Un empleo de capital adecuado exige tener criterio financiero, para entender bien cuál es el coste de capital de la empresa en relación con el retorno de las diferentes alternativas.
Quizás el mayor exponente de lo anterior es Warren Buffett, que de forma muy ilustrativa afirma: “Ser inversor me ha hecho mejor CEO, ser CEO me ha hecho mejor inversor.” Berkshire Hathaway, su vehículo de inversión a largo plazo, es hoy el arquetipo perfecto de cultura descentralizada en la gestión, pero centralizada con respecto a las funciones de cómo emplear las enormes cantidades de flujo de caja que genera la compañía. Desde mediados de los 50s, Buffett acumula un retorno de prácticamente el doble que el del índice (una ventaja que se ha acortado la última década debido al enorme volumen que maneja el oráculo de Omaha). Es un rendimiento extraordinario que se explica por una multitud de factores, pero en donde su pericia inversora ha sido totalmente clave.
Luis Torras,
director